El origen del Alarde

Origen histórico

 

El origen del Alarde

 


Por su situación fronteriza, ha sido Fuenterrabía en todos los tiempos, una de las plazas militares de España que más han sufrido en los casos de guerra con Francia, harto frecuentes desgraciadamente.
El día 1º de Julio de 1638, el ejército francés mandado por el Príncipe de Condé, bajaba animoso las montañas de Hendaya con las banderas desplegadas y gran aparato militar, llenando el espacio con los ecos guerreros de cajas y pífanos, para atravesar el Bidasoa y poner cerco a la plaza de Fuenterrabía.
No esperaba España tan atrevida embestida y despertó alarmada al estampido de los cañonazos disparados contra los muros de Fuenterrabía, que no contaba en su recinto más que la mitad de la guarnición que le correspondía y muy escasos medios de defensa.
No por eso se encogió el animo de estos habitantes, y mientras España se aprestaba a socorrerles, se reunían ellos en la iglesia parroquial y colocándose ante el altar de la Virgen veneranda de Guadalupe, que, por temor ser profanada, bajaron de la ermita del Jaizkibel, pusiéronse de rodillas todas las mujeres y niños y de pie en el centro los hombres de combate, y al primer estampido del cañón enemigo, tendiendo la mano ante la santa imagen, juraron, si les concedía la victoria, guardar todos los años su festividad desde la víspera, con un día de ayuno, y devolverla en procesión a la ermita, su antiguo asilo.

Comenzó la pelea con igual porfía por ambas partes, y pasaban días y meses, sin que la plaza recibiera los auxilios esperados, llegando a ser muy aflictiva su situación.
Sitiada por un ejército numeroso con grandes elementos de combate, arruinada la población bajo el peso de las bombas disparadas del campo enemigo, insepultos por las calles los cadáveres de amigos y parientes, derrotada e incendiada la escuadra que venía en su auxilio y deshechas por la tempestad las tropas encargadas de levantar el cerco, parecía que todos los elementos se conjuraban para abatir el soberbio tesón de los defensores de la plaza, pero la guarnición y los valientes hijos de Fuenterrabía, colocados en el punto avanzado de la noble España, para cerrar sus puertas a gente enemiga, comprendían bien la importancia de la defensa a ellos encomendada y se habían decidido a no cejar en su empeño, sino a costa de su vida.
Dejándose guiar por este amor santo a su tierra, no había peligro que les arredrase, ni sacrificio que no estuviera dispuestos a arrostrar, y prescindiendo de toda compasión humana, abandonaron por la lealtad cuanto suele llamar la atención de los hombres, hasta el extremo de no tener más que un solo objetivo, una sola mira: defender a Fuenterrabía hasta morir.
Por eso cuando el proyectil enemigo abría un hueco en la muralla, cubríanlo con su pecho, semejante en fortaleza a la secular piedra de allí arrancada; si los golpes del pico o azadón denunciaban los trabajos de una mina, penetraban serenos en las entrañas de la tierra, buscando al enemigo por el hueco de la contramina; si veían que los víveres escaseaban, disminuían el rancho; si faltaba plomo para hacer balas, daban la plata que tenían en casa.
A la contrariedad contestaban con un alarde, a la desgracia con un acto heroico y no había manera de hacerles sucumbir.

El día 7 de Septiembre del mismo año de 1638, el ejército español, mandado por el Almirante y el Marqués de los Velez, hizo su aparición en la cima del monte Jaizkibel.
Las tropas francesas tomaron posiciones para cortarles el paso y desde la muralla los sitiados contemplaban los movimientos de ambos ejércitos, con el ansia que es de suponer.
Rompióse el fuego en el alto del monte y comenzaron a avanzar nuestros soldados, que fueron pronto detenidos por las tropas sitiadoras en el llano de Guadalupe.
Reforzada la vanguardia con gente de refresco, que a pasos doblados acudía en su auxilio, ansiosa de pelear, animóse la lucha, que estuvo indecisa en algún tiempo.
Impaciente el jefe con tanta resistencia, picó espuelas al caballo y fue a ponerse al frente de las primeras filas, mandando avanzar a los nuestros, que, levantando una alegre vocería, acometieron con ímpetu extraordinario, saltando por encima de todos los obstáculos puestos a su paso y bajaron por la pendiente arrollándolo todo, como peñascos desprendidos de lo alto de la montaña, haciendo correr delante a los franceses completamente sobrecogidos y desmayados, hasta meterles en el río Bidasoa, que sesenta y nueve días antes atravesaban llenos de esperanza.
En poco tiempo perecieron ahogados más de 2.000 de ellos, ofreciendo un espectáculo horrible, además de otros 1.500 que murieron en el monte y 2.000 prisioneros que cayeron en poder de los nuestros. En toda esta empresa, perdió el francés 11.000 hombres de tropas escogidas.
Al oscuro entraban los nuestros en Fuenterrabía, encaminándose a la parroquia, donde se cantó el Te-Deum en acción de gracias, y el entusiasmo, los vivas, las aclamaciones, los abrazos y las lágrimas, que de todo hubo, duraron toda la noche.

A los pocos días, España entera era sabedora de tan fausta noticia, que hizo desbordar de alegría a todos los corazones, especialmente en la corte, donde el pueblo, fuera de sí, recorrió las calles con gran tumulto y no paró hasta penetrar en los más íntimos aposentos del palacio real, para darle al Rey, cara a cara, la enhorabuena por la victoria.
Dentro del palacio, como en todas partes, causó la noticia inmenso júbilo, y se regalaron lámparas de plata a las iglesias y se hicieron diferentes manifestaciones en el mismo sentido.
Por aquél hecho se dio a esta villa el título de Ciudad.

El 4 de Septiembre de 1639, se reunió el Ayuntamiento de Fuenterrabía para demostrar solemne y lucidamente el agradecimiento que debe la ciudad al milagroso suceso con que mediante la devoción de todo el pueblo a la Santa Virgen de Guadalupe y su intercesión libró nuestro Señor la plaza del riguroso sitio con que el enemigo la tuvo opresa y apretada en los últimos lances de su defensa y acordó dejar memoria imperecedera de este hecho glorioso, conmemorándolo anualmente con festejos públicos y trazó el programa que dicho año empezó a cumplirse, por los mismos que, habiendo tomado parte activa en la empresa, añadieron a la Historia de España página tan gloriosa.
En efecto, se organizó el batallón, formando en sus filas aquellos valientes hijos de Fuenterrabía, que un año antes peleaban en la plaza contra el francés, y el día 8 de Septiembre de 1639, subieron a la ermita de Guadalupe, en cuyos campos se dio la batalla principal, mandados por el Alcalde y Capitán D. Juan de Justiz, que llevaba en su compañía a los capitanes Antonio de Anciondo y Diego de Butrón, aquel famoso Alcalde que, además de mantener firme el espíritu de sus paisanos en casos graves, durante el sitio, ofreció su plata para hacer balas, cuando vio que el plomo se acababa.
El Marqués de los Velez y muchos oficiales del ejército de Cantabria acudieron también este primer año a tomar parte en el alarde.
Dirigió la palabra de la cátedra sagrada el P. Francisco de Isasi en honor y alabanza de la Virgen de Guadalupe.

A pesar de los 261 años transcurridos desde entonces, se cumple aquél programa, casi sin variación alguna en su esencia, y aquella Fuenterrabía que tantas páginas ocupa en los gloriosos fastos de esta monarquía, levanta todavía de entre sus honrosas ruinas, su anciana y venerable cabeza para dar testimonio de su pasada grandeza.

(...)


Serapio Múgica Zufiria
Las fiestas de septiembre en Fuenterrabía. Origen y detalles del Alarde.
Agosto 1900



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